viernes, 4 de julio de 2008

La Melomanía



¿Qué haría sin ella? ¿Qué haría sin esos acordes que resuenan en mis oídos aun sin estar escuchándolos? Nada. Es que más de un día sin escuchar música me supera. No me conecto conmigo misma y me pongo histérica. Eso explica mis episodios neuróticos en todas las partes a las que voy en Santiago.

Mientras escucho a los profesores, haciendo como que los miro a los ojos pero sin ver, siento que los acordes retumban en mis oídos. Llego a la casa con el cansancio acumulado de todo el día. Abro la puerta de mi habitación y ahí está el computador. Lo prendo, conecto los audífonos y allí me quedo horas y horas.

Lo que sucede es que muchas veces en el día me siento incomprendida. Pero cuando pongo, por ejemplo, alguna canción de Radiohead – de esas para cortarse las venas- siento que mi realidad ya no es tan así. Pienso: “¡Dios mío! Y yo que pensaba que era la única que sentía esto”.

¿Qué haría sin poder escuchar mi rock de cabecera? Lamentablemente, ni la radio AM ni FM acompañan mis gustos. Es que el sonido del guitarrista místico me perturba, como también el de la voz de un hombre que, sin clases, logra golpear cada nota de la escala sonora erizándome los pelos.

Contrario a lo que le pasa a mucha gente, me cuesta mucho más concentrarme cuando sólo hay silencio. De hecho, al parecer, las ideas llegan más rápidamente a mi cabeza cuando vienen acompañadas de alguna canción. La música inspira mi masa encefálica y tiene un lugar fundamental en mi tiempo ¿Quién fue el idiota que dijo que el silencio es esencial para lograr una buena concentración? Por mí, haría hasta las pruebas con los audífonos puestos. ¿Por qué no hacer dormir a un bebe con una balada rock? ¡Hasta cuando esas canciones de cuna que dejan harto que desear! (Esas que hablan de historias de animales que se los comen si no se quedan dormidos)

La música es fiel. No se cansa de decir lo mismo una y otra vez y, además, no tengo que rendirle cuentas de nada. Está ahí para mí y da lo mismo la hora en que la necesite porque no se separa de mí. Hemos llegado a ser una sola.

Sé que las corcheas y negras no me van a dejar nunca. Quizás llegue un momento en que llegue a quedar sorda por el volumen de los parlantes de un concierto o por la edad. No importará mucho, pues siempre estarán en mi mente los sonidos de los bajos y las baterías virtuosas.

“No one knows what it´s like to be the bad man, to be the sad man, behind blue eyes. No one knows what it´s like to be hated, to be fated. To telling only lies” está sonando ahora. Y aunque The Who parece ser parte de otra época, sí es parte de mi presente. Porque la música es así. Es capaz de desafiar las leyes metafísicas viajando desde el pasado para alegrar mis días y para transportarme a épocas en las que, quizás, el mundo no estaba tan estresado y los siquiatras y sicólogos no tenían tanto trabajo.